España entró en la Unión Monetaria Europea tras cuatro devaluaciones consecutivas en los noventa y la adicional que supuso una fijación depreciada del tipo de cambio irrevocable del euro en pesetas, en 1998. Pero la ventaja competitiva que supuso tal encadenado de devaluaciones fue absorbida en unos pocos años por el fuerte avance de los costes laborales y de los precios de comercialización de los bienes y servicios en los mercados exteriores.